Hoy no escribo como periodista. Escribo como mexicana. Como una ciudadana que, al igual que millones de personas, sigue esperando respuestas.
Durante casi dos años escuchamos una versión sobre cómo Ismael “El Mayo” Zambada llegó a Estados Unidos. Después, la investigación periodística de Luis Chaparro, publicada en Pie de Nota, abrió nuevas interrogantes y cambió la manera de entender lo ocurrido aquel día.
Pero, más allá de esa investigación, hubo algo de la reciente explicación de la Fiscalía General de la República que me dejó francamente desconcertada.
Y todo terminó reduciéndose a una sola persona: el piloto.
Según la propia Fiscalía, ese hombre llegó a Estados Unidos pilotando la aeronave; posteriormente fue deportado a México, tiempo después fue detenido aquí por portación de un arma de fuego y, más adelante, fue entregado nuevamente a las autoridades estadounidenses en un proceso de extradición.
Y entonces apareció la pregunta que no deja de dar vueltas en mi cabeza:
¿En qué momento supieron que él era el piloto?
Porque, si esa información apenas se conoció ahora, resulta inevitable preguntarse: ¿dónde estuvieron los servicios de inteligencia y de investigación del Estado mexicano durante todo este tiempo?
Y si esa información ya existía, la duda es todavía mayor: ¿por qué esa línea de investigación no se siguió desde el principio?
Por cierto, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció que el próximo martes, durante su conferencia matutina, dará más detalles sobre la identidad y el papel del piloto. Ojalá esas explicaciones respondan las dudas que hoy siguen abiertas.
Porque, después de la extracción de Ismael “El Mayo” Zambada —que sería apenas la segunda de este tipo de la que se tiene conocimiento público, después de la del doctor Humberto Álvarez Machain hace más de tres décadas—, pareciera que, cuando Estados Unidos considera prioritario un asunto, encuentra la forma de resolverlo.
Porque, a estas alturas, ya no sorprende lo que hace Estados Unidos; lo que sigue sorprendiendo es todo lo que México parece descubrir después.
En un caso de esta magnitud, esperaría que fueran nuestras instituciones las primeras en ofrecer respuestas, no las últimas en encontrarlas.
Porque aquí no solo está en juego esclarecer qué ocurrió aquel día.
Está en juego la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Y esa confianza no se construye con versiones que cambian con el paso del tiempo.
Se construye con transparencia.
Con investigaciones oportunas.
Y, sobre todo, con una verdad completa.
Eso es lo menos que merecemos los mexicanos.
Ahtziri Cárdenas Camarena

